Las aplicaciones desarrolladas estos últimos años, muchas ellas disponibles gratuitamente en Internet, otras convertidas en negocio de empresas especializadas, permiten obtener gran cantidad de datos de los usuarios o navegantes.
Por un lado está la información que voluntariamente ofrecemos a la red (cuando nos piden datos personales, edad, profesión, aficiones, qué portales visitamos,etc…)
Por otro lado tenemos toda aquella información sobre nuestras “rutas de navegación” por la red que se capta a través de las “cookies” y otros marcadores y elementos de software.
Una empresa (o un partido) puede que no conozca nuestra identidad, pero sí saber que antes de visitar su página institucional hemos estado leyendo las páginas a,b y c de un periódico X; que después hemos ido a consultar la página web de la competencia o del contrincante; que nos conectamos cada día a la misma hora desde un punto geográfico concreto; que pasamos tantos minutos leyendo una determinada información antes de descargarla o imprimirla, etc…
Toda esta información permite crear perfiles de usuario sumamente detallados, y a partir de aquí ajustar los mensajes y la estrategia de una campaña de márqueting político.
Hay quien ha llegado a hablar del fín de las campañas políticas de masas. Creo que las campañas publicitarias o políticas seguirán buscando atraer al máximo número posible de personas-consumidores-votantes, pero lo que sí está cambiando es la naturaleza de esa “masa”, cada vez menos compacta, y más inestable, en otras palabras, más “infiel” a una opción política determinada.